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Murray Bookchin/ La tensión entre dos
perspectivas ha alterado ya la moral
del orden social tradicional. Hemos comenzado una época que ya no se
caracteriza
por la estabilidad institucional, sino por la decadencia de las
instituciones.
Una creciente alienación se extiende sobre las formas, las aspiraciones,
las
demandas y todas las instituciones del orden establecido. La más
exuberante y
dramática evidencia de esta alienación se dio en los años 60, cuando la
“revuelta juvenil” estalló en lo que intentó ser una contracultura o
cultura
paralela. Ese período se caracterizó por algo más que la protesta y el
nihilismo
adolescente.
Casi intuitivamente, nuevos valores de sensibilidad, nuevos
estilos
de vida comunal, cambios en la vestimenta, el lenguaje y música, todos
ellos
sustentados por la ola de un profundo sentimiento de inminente cambio
social,
impregnaron a una considerable fracción de toda una generación. Aún no
sabemos
en que sentido esa ola comenzó a decaer: si como un retroceso histórico o
como
una transformación en un proyecto serio de desarrollo personal y social.
Que los
símbolos de este movimiento se hayan convertido en artefacto de una
nueva
industria cultural no altera los profundos efectos de tal movimiento. La
sociedad occidental no volverá jamás a ser la misma, más allá de los
académicos
despectivos y sus críticas de “narcisismo”.
Lo que le otorga significación a
este incesante movimiento
de desinstitucionalización e ilegitimación es que ha hallado una sólida
adhesión
en un vasto estrato de la sociedad occidental. La alienación alcanza no
sólo a
los pobres sino también a los relativamente acomodados, no sólo a los
jóvenes
sino a sus mayores también, no sólo a los visiblemente explotados sino a
los
aparentemente privilegiados. El orden dominante ha comenzado a perder la
lealtad
de ciertos estratos sociales que tradicionalmente te brindaban su apoyo y
sobre
los cuales ese orden se apoyaba firmemente en épocas previas.
Crisis social
Por crucial que parezca esta
decadencia de las
instituciones y de los valores, esto no elimina en absoluto los
problemas que
afronta la sociedad actual. Entrelazada con la crisis social hay una
crisis que
ha surgido directamente de la explotación del planeta por el hombre [1].
La sociedad establecida hace
frente hoy a una
descomposición no sólo de sus valores e instituciones, sino también de
su medio
ambiente natural. Este no es un problema exclusivo de nuestra época: las
desecadas tierras del Cercano Oriente, las áreas donde tuvieron su
origen la
agricultura y el urbanismo, son una evidencia de lo antiguo del saqueo
humano.
Pero estos ejemplos empalidecen ante la destrucción masiva del medio
ambiente
que viene aconteciendo desde los primeros días de la Revolución
Industrial y
especialmente luego por la Segunda Guerra Mundial. Los daños ocasionados
al
entorno natural por la sociedad contemporánea afectan al planeta
íntegro. La
explotación y contaminación de la tierra ha dañado tanto la integridad
de la
atmósfera, el clima, los recursos hidráulicos, el suelo, la flora y la
fauna de
regiones específicas, como también los ciclos naturales básicos de los
cuales
depende toda la vida sobre el planeta.
No obstante, la capacidad de
destrucción del hombre
contemporáneo es una quijotesca evidencia de su capacidad para la
reconstrucción. Los poderosísimos agentes tecnológicos que hemos
desencadenado
contra el entorno natural incluyen muchos de los factores esenciales que
serán
imprescindibles para su rehabilitación. De lo que principalmente
carecemos es de
la conciencia y sensibilidad que nos ayudarían a alcanzar tan deseable
finalidad; una conciencia y una sensibilidad mucho más totalizadora y
profunda
de lo que habitualmente estos dos términos definen. Nuestras
definiciones
deberán incluir no sólo la habilidad para razonar lógicamente y
responder
emocionalmente de un modo equilibrado; sino que, además, deberán
implicar una
capacidad de darse cuenta de la correlación existente entre todas las
cosas y
una predisposición imaginativa ante lo posible. En este sentido, Marx
estaba en
lo correcto al enfatizar que la revolución que nuestra época requiere
debe
extraer su poesía no del pasado, sino del futuro, de las potencialidades
humanas
que subyacen en el horizonte de la vida social.
Esa conciencia y esa
sensibilidad nuevas no podrán ser sólo
poéticas; deberán ser científicas también. Por cierto, hay un nivel en
que
nuestra conciencia no debe ser ni poética ni científica, sino una
trascendencia
de ambas cualidades en pos de una relación nueva entre teoría y
práctica, una
habilidad para combinar la fantasía con la razón, la imaginación con la
lógica,
lo visionario con lo técnico. No podemos deshacernos de nuestro legado
científico sin retornar a una tecnología rudimentaria con sus grilletes
de
inseguridad material, fatiga y renunciación. Por lo mismo, tampoco
podemos
permitirnos caer en una visión mecanicista y su tecnología
deshumanizante, con
sus grilletes de alienación, competitividad, y brutal negación de las
potencialidades de la Humanidad. La poesía y la imaginación deben estar
integradas con la ciencia y la tecnología, pues hemos evolucionado más
allá de
una inocencia que sólo puede nutrirse de mitos y sueños.
¿Hay una disciplina científica
que deje espacio para la
indisciplina de la fantasía, de la imaginación, de la habilidad? ¿Podría
tal
disciplina englobar los problemas creados por la crisis social y
ambiental de
nuestra época? ¿Podría integrar la crítica con la reconstrucción, la
teoría con
la práctica, la visión con la técnica?
En vista de las enormes
dislocaciones con las que hoy nos
confrontamos, nuestra época genera la necesidad de un cuerpo de
conocimientos
–tanto científicos como sociales– más aprehensivo y visionario, para
resolver
nuestros problemas. Sin renunciar a los beneficios de las teorías
científicas y
sociales precedentes, estamos obligados a desarrollar un análisis
crítico más
maduro de nuestra relación con el mundo natural. Debemos hallar las
bases para
una aproximación más reconstructiva a los graves problemas que nacen de
las
aparentes “contradicciones” entre naturaleza y sociedad. No podemos
permitirnos
seguir cautivos de la tendencia habitual dentro de las ciencias
tradicionales,
que diseccionan los fenómenos para examinar sus fragmentos. Debemos
combinarlos,
relacionarlos y verlos en su totalidad así como en su especificidad.
Ecología social, una nueva
disciplina
En respuesta a esas necesidades
hemos formulado una
disciplina específica para nuestra época: la ecología social. El mejor
conocido
término “ecología” fue acuñado por Ernst Haeckel en el siglo pasado para
definir
la investigación de las interrelaciones entre animales, plantas y su
entorno
inorgánico. Desde los días de Haeckel este término se ha ido expandiendo
hasta
incluir ecologías de ciudades, de la salud y de la mente. Esta
proliferación de
una palabra en áreas tan dispares puede aparecer particularmente
deseable en una
época que busca fervientemente algún tipo de coherencia espiritual y
unidad de
percepción.
Pero el término “ecología”
también puede ser extremadamente
traicionero, al igual que otras palabras recientes como “holismo” o
“descentralización”, corriendo peligro de quedar suspendido en el aire,
sin
raíces, ni contexto, ni textura. A menudo es utilizado como una
metáfora, como
un tentador reclamo que pierde la lógica, potencialmente estimulante, de
sus
premisas.
Así es como la verdad radical de
estas palabras pude ser
fácilmente neutralizada. “Holismo” se evapora en un suspiro místico, una
expresión retórica del compañerismo y comunitarismo ecologista que acaba
siendo
utilizada hasta en salutación como “holísticamente suyo”. Lo que alguna
vez fue
una seria postura filosófica hoy se ve reducido a clisé
ambientalista.
Con “descentralización” se da a entender comúnmente opciones logísticas
al
gigantismo, pero no a la escala humana que haría posible una democracia
íntima y
directa.
Con ecología pasa peor aún.
Demasiado a menudo se torna una
metáfora, como la palabra “dialéctica”, para cualquier clase de
integración o
desarrollo. Quizá más alarmante aún, ese término ha identificado en los
últimos
años a una muy cruda forma de ingeniería natural que bien podría
denominarse
“ambientalismo”.
Ecologistas y ambientalistas
Soy consciente de que muchos
individuos orientados hacia el
ecologismo utilizan indistintamente “ecología” y “ambientalismo”. Aquí
yo
desearía establecer una distinción conveniente semánticamente. Por
“ambientalismo” propongo designar una perspectiva mecanicista e
instrumental que
veía naturaleza como un hábitat pasivo, compuesto de “objetos” tales
como
animales, las plantas, y los minerales, que deben administrarse del modo
más
aprovechable para el uso humano. Según mi utilización del término, el
“ambientalismo” tiende a reducir la naturaleza a un depósito de
“recursos
naturales” o “materia primas”. Dentro de tal contexto, muy poco puede
extraerse
del vocabulario ambientalista que se fundamente en una naturaleza
social. Las
ciudades devienen “recursos urbanos”. Si la palabra “recursos” aflora
tan
frecuentemente en las discusiones ambientalistas sobre naturaleza,
ciudades e
individuos, hay un factor, mucho más importante que el mero uso del
término, que
esta en cuestión. El ambientalismo, tiende a considerar el proyecto
ecologista
para lograr una relación armónica entre la humanidad y la naturaleza,
más como
una tregua que como un equilibrio permanente. La armonía de los
ambientalistas
se centra en el desarrollo de nuevas técnicas para saquear el entorno
natural
con la menor alteración posible del hábitat humano. Los ambientalistas
no
cuestionan la premisa más básica de la sociedad contemporánea: que la
humanidad
debe dominar la naturaleza. Más bien, trata de favorecer esta noción
mediante el
desarrollo de técnicas que reduzcan los riesgos ocasionados por la
irreflexiva
expoliación del medio ambiente.
Para distinguir ecología de
ambientalismo y de otras
definiciones abstractas y, a menudo, confusionistas debo regresar a su
origen y
explorar su implicación directa sobre la sociedad. Dicho brevemente, la
ecología
trata del equilibrio dinámico dentro de la naturaleza, de la
interdependencia
entre lo, viviente y lo inanimado. Puesto que la naturaleza incluye
también a
los seres humanos, la ciencia debe comprender el papel de la humanidad
dentro
del mundo natural; específicamente, el carácter, la forma y la
estructura de las
relaciones humanas respectos a las demás especies y a los substratos
inorgánicos
del entorno biológico. Desde un punto de vista crítico, la ecología
presenta de
un modo amplio el enorme desequilibrio resultante de la división entre
humanidad
y mundo natural. Una de las especies más raras del mundo natural, el Homo
sapiens, se ha desarrollado lenta y laboriosamente desde ese mundo
natural
hacia un mundo social propio. Puesto que ambos mundos interactúan
recíprocamente
mediante fases evolutivas sumamente complejas es tan importante hablar
de una
ecología social como hablar de una ecología natural.
Integración
Permítaseme recalcar que el
error al estudiar esas fases de
la evolución humana –que han producido una larga sucesión de jerarquías,
clases,
ciudades y, finalmente, estados– se origina al ignorar el concepto de
“ecología
social”. Desafortunadamente, esta disciplina ha sido bloqueada por
acólitos
autoproclamados que continuamente intentar confundir todas las fases del
desarrollo natural y humano en una “unicidad” (no totalidad), universal,
una
monótona “noche en la que todos los gatos son pardos”, para aplicar una
de las
cáusticas frases de Hegel, a un misticismo ampliamente aceptado que se
disfraza
con la verborragia ecologista. Por lo menos, nuestro común uso del
término
“especie” para referirnos a la riqueza de la vida que nos rodea, debería
alertarnos sobre el hecho de la especificidad, de la particularidad, la
rica
abundancia de seres y cosas diferenciadas que constituyen el motivo
básico de la
ecología natural. El explorar esas diferencias, el examinar las fases
que
colaboraron para su existencia, con el largo desarrollo humano de la
animalidad
a la sociedad –un desarrollo latente, con tantos problemas como
posibilidades–
implicaría hacer de la ecología social una de las disciplinas más aptas
para
reforzar nuestra crítica del actual orden social.
Pero la ecología no sólo aporta
una crítica de la
separación entre humanidad y naturaleza; también afirma la necesidad de
subsanarla. Más aún, afirma la necesidad de trascenderla radicalmente.
Como
señalara E. A. Gutkind: “La meta de la ecología social es la totalidad y
no la
mera suma de innumerables detalles tomados al azar e interpretados
subjetiva e
insuficientemente”. La ciencia se ocupa de las relaciones sociales y
naturales
en las comunidades o “ecosistemas” [2]. Al concebirlos holísticamente,
es decir,
en los términos de su interdependencia mutua, la ecología social busca
descubrir
las formas y modelos de interrelación que permiten comprender una
comunidad, ya
sea natural o social. El holismo, en este caso es resultado de un
esfuerzo
consciente para discernir cómo se ordenan las particularidades de una
comunidad,
cómo su geometría (según lo plantearían los antiguos griegos) hace que
el todo
sea más que la suma de sus partes. Por ello, la totalidad a la que
Gutkind hace
referencia no debe confundirse con una unicidad espectral que torna a la
disolución cósmica en un nirvana sin estructura alguna; la totalidad es
una
estructura ricamente articulada que posee una historia y una lógica
internas
propias. Lo hasta aquí expresado basta para señalar que la totalidad no
es una
universalidad pálida e indiferenciada que supone la reducción de un
fenómeno a
lo que tiene de común con alguna otra cosa. Ni tampoco es una energía
celestial,
omnipresente, que reemplaza las vastas diferencias materiales que
constituyen el
reino animal y el ámbito social. Por lo contrario, la totalidad
comprende las
diversas estructuras, articulaciones y mediaciones que le otorgan al
todo una
rica variedad de formas y le incorporan cualidades únicas a aquello que
una
mentalidad estrictamente analítica reduciría habitualmente a detalles
“innumerables” y “casuales”.
Términos como “totalidad”,
“integridad” y aún “comunidad”,
poseen matices peligrosos para una generación que ha conocido el
fascismo y
otras ideologías totalitarias. Tales palabras evocan imágenes de una
“totalidad”
lograda mediante la homogeneización, la estandarización y la
coordinación
represiva de los seres humanos. Estos temores se ven reforzados por una
totalidad que parece estipular una finalidad inexorable al curso de la
historia
humana –lo que implicaría un concepto teológico estrecho, sobrehumano,
de “ley
social” que niega la capacidad de la voluntad humana y la elección
individual
para dar forma al curso de los acontecimientos sociales.
En realidad, tan totalitario
concepto de “totalidad” se
opone radicalmente al que hacen referencias los ecologistas. Después de
haber
comprendido su elevada consciencia de la forma y la estructura, llegamos
ahora a
un principio fundamental de la ecología: la totalidad ecológica no
significa una
homogeneidad inmutable, sino más bien todo lo contrario: una dinámica
unidad de
diversidades. En el reino natural el equilibrio y la armonía se logran
mediante
una diferenciación siempre cambiante, mediante una diversidad siempre en
expansión. La sensibilidad ecológica, en efecto, es una función no de
simplificación y homogeneidad, sino de complejidad y variedad. La
capacidad de
un ecosistema para mantener su integridad no depende de la uniformidad
del medio
ambiente, sino de su diversidad. Pretender que la ciencia gobierne el
vasto nexo
vital de interrelaciones orgánicas en todos sus detalles, es algo peor
que
arrogancia: es pura estupidez. Si la unidad en la diversidad constituye
uno de
los principios cardinales de la ecología, la riqueza de bioelementos
existente
en un sólo acre de terreno nos conduce a otro de los principios
ecológicos
básicos: la necesidad de permitir un alto grado de espontaneidad
natural. La
apremiante sentencia: “Respetad la naturaleza” tiene implicaciones
concretas.
Por ello, deberíamos conceder
una buena dosis de libertad
de acción para la espontaneidad natural de las variadas fuerzas
biológicas que
dan lugar a una situación ecológica diversificada. “Trabajar con la
naturaleza”
implica, en gran medida, que debemos alentar la diversidad biótica que
emerge
del desarrollo espontáneo de los fenómenos naturales. No quiero decir
con esto
que debamos abandonarnos a una mítica naturaleza que esté más allá de la
comprensión e intervención humanas y que demande nuestra subordinación
temerosa.
Tal vez la conclusión más obvia que podamos extraer de estos principios
ecológicos sea la observación de Charles Elton: “El futuro del planeta
tiene que
ser administrado, pero tal administración no deberla asemejarse a una
partida de
ajedrez, sino más bien a timonear una embarcación”. Lo que la ecología,
tanto
natural como social, puede pretender enseñarnos es el modo de hallar el
curso y
descubrir la dirección de la corriente.
Sobre la jerarquía
Lo que distingue esencialmente a
la perspectiva ecológica
como proceso liberador es su desafiante propuesta ante las nociones
convencionales de jerarquía. Los ecologistas no son demasiado concientes
de que
su ciencia provee sólidos fundamentos filosóficos a una visión
no-jerárquica de
la realidad. Como muchos estudiosos de las ciencias naturales, se
resisten a las
generalizaciones filosóficas por considerarlas ajenas a sus
investigaciones y
conclusiones; prejuicio éste cuyo origen puede rastrearse en la
tradición
empírica angloamericana.
Si reconocemos que cada
ecosistema puede contemplarse como
una trama alimentaria, podremos imaginarlo como un nexo circular de
relaciones
planta-animal (más que una estratificada pirámide con el ser humano en
la cima)
que incluye una gama variadísima de criaturas, desde microorganismos
hasta
grandes mamíferos. Cada especie, sea una bacteria o un ciervo, es parte
de una
red de enlace interdependiente de todo el resto, por más directo que sea
el
vinculo. Un cazador es, en esta trama, también una presa, cuando quizá
el “más
bajo” de los organismos le ponga enfermo o colabore a consumirlo después
de su
muerte.
La rapacidad no es el único
vínculo que hay entre las
distintas especies. Hoy existe una literatura que nos revela hasta qué
punto el
mutualismo simbiótico es uno de los grandes factores que protegen la
estabilidad
ecológica y la evolución orgánica. No debemos caer en la comparación
simple de
plantas, animales y seres humanos, ni entre los ecosistemas de plantas y
animales con las comunidades humanas. Ninguno de ellos es completamente
congruente con los demás. No es en lo particular de la diferenciación
que las
comunidades de plantas y animales están ecológicamente unidas con las
comunidades humanas, sino más bien en su lógica de diferenciación.
Totalidad es,
de hecho, integridad. La estabilidad dinámica del todo deriva de un
nivel
visible de integridad tanto en las comunidades humanas como en los
ecosistemas
en su cenit. Lo que vincula a estos modos de totalidad e integridad –por
muy
diferentes que sean en sus especificaciones y en sus cualidades– es la
lógica
del desarrollo en sí misma. Un bosque en plenitud es un todo integrado,
como
resultado del mismo proceso de unificación, la misma dialéctica que hace
de una
determinada forma social un todo integrado.
El énfasis sobre las bioregiones
como marcos de referencia
para determinadas comunidades humanas, provee un elemento en favor de la
necesidad de readaptar las técnicas y formas de trabajo según los
requerimientos
y las posibilidades de cada área ecológica.
Dentro de este contexto de ideas
sumamente complejo,
debemos tratar de trasladar el carácter no-jerárquico de los ecosistemas
naturales a la sociedad. Un importante aporte de la ecología social es
su
negación de la jerarquía como principio estabilizador u “ordenador”
tanto en el
reino natural como en la sociedad. Esta asociación del orden como tal
con la
jerarquía es quebrada sin por ello afectar la asociación de naturaleza y
sociedad. El hecho de que las jerarquías existan en la sociedad actual
no
significa que ello deba permanecer así. El que la jerarquización amenace
la
existencia de la vida social de hoy indica, por cierto, que tal cosa no
puede
mantenerse como hecho social, así como tampoco puede hacerlo cuando
amenaza la
integridad de la naturaleza orgánica. El mismísimo término “democracia”
como la
apoteosis de la libertad social, ha sido suficientemente desnaturalizado
hasta
lograr, según Benjamín Barber: “El gradual desplazamiento de la
participación
por la representación. Donde la democracia, en su forma clásica,
significó el
gobierno por el pueblo mismo, aparece hoy (mediante el ardid de la
representación) como el gobierno de una élite sancionado por el pueblo.
Élites
rivales compiten para obtener el apoyo de un público cuya soberanía
popular se
ve reducida al patético derecho a participar en la elección del tirano
que habrá
de gobernarlo”.
Más significativo aún, el
concepto de una esfera pública,
de cuerpo político, ha sido literalmente desmaterializado por una
aparente
heterogeneidad –más precisamente, una atomización que va desde lo
institucional
hasta lo individual– que ha reemplazado la coherencia política por el
caos. El
desplazamiento de la virtud pública por los derechos del individuo, ha
provocado
la subversión no sólo de un principio ético unificador que alguna vez le
otorgó
sustancia a la noción de público, sino también de la condición de
persona que le
otorgaba sustancia a la noción de derecho.
¿Qué propone la idea de
ecología social?
En términos concretos: ¿Qué
temas atormentadores propone la
ecología social a nuestro tiempo y al futuro? Al restituir una
vinculación más
avanzada con lo natural, ¿será factible lograr un nuevo equilibrio entre
humanidad y naturaleza mediante una sensitiva educación de nuestras
prácticas
agriculturales, nuestras áreas urbanas y nuestras tecnologías a los
requerimientos naturales de una región y de los ecosistemas que fa
componen?
¿Podemos lograr una drástica descentralización de la agricultura que
haga
posible cultivar la tierra como si fuese un jardín, equilibrado por la
diversidad de su fauna y flora? ¿Requerirán tales cambios la
descentralización
de nuestras ciudades en comunidades a escala moderada, generando una
nueva y
armónica relación entre aldea y campo? ¿Qué tecnología se requerirá para
lograr
estas metas, evitando el incremento de la polución del planeta? ¿Qué
instituciones se precisarán para crear una nueva esfera pública, que
relaciones
sociales serán necesarias para dar origen a una nueva sensibilidad
ecológica,
que formas de trabajo para volver creativa y gozosa la práctica humana,
qué
tamaño y población tendrán las comunidades a escala humana para ser
controlables
por todos? ¿Qué tipo de poesía? Cuestiones concretas: ecológicas,
sociales,
políticas, de comportamiento se nos abalanzan como un torrente que hasta
hace
muy poco fue refrenado por las ideologías y los hábitos de pensamientos
tradicionales.
Que no nos quede ninguna duda al
respecto: las respuestas
que encontremos a tales cuestiones tendrán una relación directa con la
habilidad
humana para sobrevivir en el planeta. Las tendencias de nuestro tiempo
están
visiblemente dirigidas contra la diversidad ecológica: de hecho, apuntan
hacia
una brutal simplificación de la biosfera íntegra. Las complejas cadenas
alimentarias vienen siendo socavadas despiadadamente por la aplicación
de
técnicas industriales en la agricultura, con el resultado, en muchos
lugares, de
ver los suelos transformados en esponjas absorbentes de fertilizantes
químicos.
El monocultivo sobre enormes superficies de tierra está borrando la
variedad
natural, agrícola y aún fisiográfica. Inmensos cinturones urbanos están
usurpando implacablemente la campiña, sustituyendo la fauna y flora por
hormigón, metales y vidrio y envolviendo vastas regiones en una nube de
polucionantes atmosféricos. En este masivo mundo urbano, la experiencia
humana
se toma cruda y elemental, sujeta a toscos estímulos y a una crasa
manipulación
burocrática. Una división nacional del trabajo está reemplazando la
variedad
regional y local, reduciendo continentes enteros a inmensas fábricas
humeantes y
convirtiendo las ciudades en ostentosos supermercados.
La sociedad moderna está
poniendo en peligro la complejidad
biótica lograda por la evolución orgánica. El gran movimiento vital,
desde los
más simples hasta las más complejas formas y relaciones, está siendo
revertido
en dirección a un medioambiente que será capaz de soportar sólo formas
simples
de vida. De continuar este retroceso de la evolución biológica al
socavarse las
tramas alimentarias de las que depende la humanidad, estará en peligro
la
supervivencia misma de la especie humana. Si continúa la reversión del
proceso
evolucionarlo, hay buenas razones para creer que las precondiciones
necesarias
para la existencia de formas complejas de vida serán destruidas
irreparablemente
y que el planeta será incapaz de mantenernos como una especie viable.
En esta confluencia de crisis
sociales y ecológicas no
podemos permitirnos carecer de imaginación: no podemos seguir ignorando
al
pensamiento utópico. Las crisis son demasiado serias y las posibilidades
demasiado arrebatadoras como para ser resueltas mediante los modos
habituales de
pensamiento, aparte de ser éstos los originadores de dicha crisis. Años
atrás,
los estudiantes franceses durante los alzamientos de mayo y junio de
1968
expresaron magníficamente este agudo contraste de opciones en su slogan:
“Seamos
realistas, hagamos lo imposible”. A esta demanda, la generación que se
confrontará con el próximo siglo tendrá que agregarle este mandato más
solemne:
“Si no hacemos lo imposible deberemos afrontar lo inconcebible”.
Notas:
[1]
Intencionadamente uso aquí la palabra
“hombre”. El actual abismo entre humanidad y naturaleza ha sido
precisamente
tarea del varón, que según las memorables líneas de T. Adorno y M.
Horkheimer
“sonaba con adquirir el dominio absoluto de la naturaleza, convertir el
cosmos
en un inmenso campo de cacería” (Dialéctica del Iluminismo). Por mi
parte,
hubiese estado dispuesto a sustituir “un inmenso campo de cacería” por
“un
inmenso campo de matanza”, para lograr una descripción más precisa de
nuestra
“civilización” machista.
[2] El término
“ecosistema” o sistema
ecológico es a menudo utilizado con bastante negligencia en muchos
trabajos
ecológicos. Aquí lo empleo, como en ecología natural, para definir una
comunidad
animal/planta claramente demarcable y los factores necesarios para su
sustentación. Lo uso también en ecología social para referirme a una
comunidad
humano/natural o sea, los factores sociales u orgánicos que se
interrelacionan
para constituir la base de una comunidad ecológicamente equilibrada.
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